La inteligencia artificial hizo posible crear imágenes hiperrealistas a partir de una simple instrucción, sin cámaras, modelos ni escenarios reales. Esta facilidad abre enormes posibilidades para publicidad, diseño y creación de contenido, pero también plantea un riesgo cada vez mayor: cualquier persona puede fabricar una imagen de algo que nunca ocurrió y hacerla parecer real. Deepfakes, noticias falsas y pruebas visuales manipuladas ponen en duda una idea que durante décadas dimos por sentada: que una fotografía servía como evidencia de un hecho. A medida que estas herramientas se vuelven más accesibles y precisas, el desafío ya no será solamente detectar qué imágenes fueron creadas por inteligencia artificial, sino aprender a convivir en un entorno digital en el que ver algo ya no significa necesariamente que haya sucedido.




